Siempre me ha gustado Viajar sobre todo cuando se trata de explorar culturas diferentes. ¿Por qué? Posiblemente hay múltiples razones; para empezar, en la España del final de los 60’s, cuando empecé a tener autonomía económica, viajar era salir del aislamiento, ver como vivían y pensaban en otras latitudes.
Mi primer viaje internacional fue a París poco después de los hechos del mayo del 68. Mi marido y yo nos animamos a ir en 600, seguramente como muchos de mis coetáneos. El viaje no fue una aventura porque aquel modelo de coche era relativamente incómodo pero duro y efectivo. Recuerdo que fuimos por carretera porque apenas había algún kilómetro de autopista, gracias a ello podían contemplarse los paisajes y se pasaba por los pueblos.
La estancia en París fue más “intelectual” que turística. Estuvimos con unos amigos de Barcelona que estaban estudiando en la Universidad. Con ellos visitamos la Sorbona, paseamos por el barrio latino, charlamos con otros estudiantes y nos cansamos de mirar librerías. No fuimos ni a la Tour Eiffel, no entramos en Notre Dame ni subimos al Sacré Coeur. Todo esto lo fui haciendo en posteriores viajes a esa ciudad. Entonces pensaba que estos monumentos no formaban parte del “alma” de la ciudad que era lo que yo buscaba de alguna manera. Para mi era una “turistada”.
Ahora he cambiado de parecer y creo que los monumentos son símbolos del tiempo, sus piedras o hierros (en el caso de la Tour) han contemplado mucha vida, han pasado muchas personas, las que trabajaron en construcción, las que han ido haciendo uso de la instalación y las que lo visitan como turistas.
Regresamos de París con muchos libros, algunos prohibidos en España que pasaron la frontera sin problemas gracias al intenso mal olor de un queso, el “petit monster”
Después de ese primer viaje he continuado moviéndome de forma bastante regular. Como concejal del Ayuntamiento de Barcelona hice muchos viajes de trabajo. Fruto de esas visitas a bastantes ciudades pensé que el símbolo de una gran ciudad es el Metro y por eso me animé a promover la edición del libro Metros y Metrópolis (link) en el que colaboré en la redacción.
De todos aquellos viajes los que más me impactaron fueron los que hice al Canadá, donde estuve en diversas ocasiones. Concretamente en Montreal, Toronto, Vancouver y Ottawa. En Canadá, además hice muy buenas amistades y aproveché el contacto para pasar unas vacaciones veraniegas con la familia, durante unos días, en una “casita pequeñita” con dos laguitos y tres barquitas.
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El otro día leía en el suplemento de cultura de la Vanguardia que “Cuando es posible viajar sin moverse de casa, pegados a una pantalla de ordenador, quizás ha llegado el momento de replantear la teoría del viaje …” en un artículo que recomiendo, del que es autora Patricia Almarcegui (Ver suplemento de cultura nº 253)